Atención plena (observación en cuarentena)
Durante el aislamiento obligatorio, comencé a realizar nuevas
actividades y a fijarme en detalles que antes pasaba por alto. Por ejemplo, me di cuenta de la mutilación de espacios que había sufrido, a través de los
años, el departamento en el que vivo con mis padres; también comencé a leer poesía peruana y a mirar por
la ventana de mi habitación. Parado, casi siempre con los codos apoyados en el
alféizar, me postraba allí unos cinco minutos y empezaba a observar. De día lo
hacía para ver los árboles del parque. Me quedaba mirando cómo las matas de
hierba oscura y las palmeras gigantes iban de un lado a otro, movidas por el
viento, produciendo un sonido relajante que opacaba el silencio tan extraño de
las calles sin gente, sin bulla, sin autos. De noche salía por la ventana para escuchar el mar, que está a menos de un kilómetro, y cuyo sonido de las olas
reventando llega burbujeante hasta mi ventana. Un sonido somnífero que me ayuda
a dormir y pensar, y que no suena siempre.
Frente
a la ventana de mi habitación, entre los árboles y yo, se ven los techos de las
casas vecinas. Me di cuenta de que sus elementos comunes los hacen ver como una
sola superficie: banderas del Perú colocadas por Fiestas Patrias, flácidamente
erguidas a unos metros de los tanques de agua, que son negros, dicen Rotoplas
y están bañados por caca de paloma; ventanas y escaleras internas; botellas
colgadas de fierritos ya oxidados para espantar a las palomas; y gatos que corren o que de pronto se
quedan quietos como gárgolas. Respecto a mis vecinos puedo decir que cumplen una
rutina: uno lava su ropa los lunes en una pequeña lavandería, y una vecina sube
las escaleras con las manos vacías y luego baja con un balde todos los martes.
Con
el pasar de las semanas, me había ido acostumbrado a estos elementos y
presencias. Desde que empecé a mirar por la ventana las había asumido como
parte del paisaje, como una narrativa que se había ido desarrollando con la “atención
plena”, aquella disposición de observar algo durante un tiempo,
sin pensar en nada más que en lo que está sucediendo. Sin embargo, cada día
descubría nuevos pequeños detalles: un nuevo ladrillo, un nuevo defecto de
construcción, una nueva mancha en la pared; elementos que se iban acomodando
sin problema a la postal frente a mi ventana.
Pero
la madrugada de un sábado, mi obra de teatro
itinerante producido por la cuarentena y constituida por los techos, los gatos
y los vecinos, se vio sacudida interrumpida por la intriga que me produjo el descubrimiento
de algo totalmente nuevo en la ventana de un primer piso. Me disponía a
levantar los brazos que tenía apoyados en el alféizar después de haber
disfrutado el sonido del mar, cuando vi moverse una silueta espigada. Pude notar
que no tenía una forma conocida; cuyos brazos larguísimos y levantados se
movían lentamente de un lado a otro por detrás de la ventana enrejada. Me froté
los ojos, comprobé si la figura seguía siendo igual de extraña y así fue. Por
la oscuridad de la noche no pude confirmar si también me había visto a mí, pero
lo sospechaba porque me pareció ver que levantaba la cabeza larga y ensombrecida
en dirección a mi ventana. Me agaché, pero no tanto para poder seguir
mirándola. Largo tiempo quedé así, mirándola, cubriéndome como podía con la
cortina, y largo tiempo se quedó ahí, moviéndose, hasta que la vi irse
caminando lentamente. Ni siquiera al día, semana o mes siguientes volví a ver
la silueta, por más que me asomé religiosamente todas las tardes y noches,
ahora dos veces al día y durante más tiempo.
Después
de obsesionarme un par de días con el hecho, llegué a la conclusión de que
había sido una vecina limpiando sus ventanas o arreglando algo, y sea cual haya
sido la tarea que la ocupaba, se había ayudado con un par de herramientas
largas que yo confundí con extensiones de sus brazos. Pasó el tiempo y me había
olvidado del asunto. Cuando por fin terminó el aislamiento, salí a comprar
chocolates para comer con mis padres y hermanos, quienes se rieron cuando les
conté la historia durante un almuerzo. Me puse los elásticos de la mascarilla
en las orejas y los crocs de uso común que están afuera en la entrada y
salí después de más de tres meses encerrado. Salir de nuevo fue extraño, ver
gente pasar, mirar los árboles tan cerca, desde una perspectiva que había
cambiado. Pero esta sensación duró unos segundos y sorpresivamente la sensación
fue la de no haber salido en dos o tres días. Al regresar de la tienda, me
acordé otra vez de la silueta, debido a que pasé por la puerta de donde, según
mis cálculos, se supone está la habitación, y frente a la cual no pude evitar
detenerme. Decidido, me acomodé la mascarilla, toqué el timbre y me alejé un
metro. Le iba a contar toda la verdad, señora, ya sabía que esto era muy
extraño, era vecino suyo, puede ver mi dirección en mi DNI, había visto una figura
espigada, tan solo quería encontrar una explicación, no me interesaba nada más.
Toqué otra vez, nadie contestó y decidí no insistir. Mejor, pensé mientras
subía las escaleras de mi edificio, que el asunto se quede así. Pensé esto
influenciado por el siguiente aforismo de César Calvo, poeta al que había leído
durante el confinamiento: “He aprendido en esta vida, si he aprendido algo, que
nada hay más hermoso, nada más perdurable ni perfecto, que el recuerdo
encantado de lo que nunca ocurrió.”
Felicitaciones al autor por lograr que a pesar que debo terminar un trabajo y estoy contra el tiempo, me quedé enganchada con la narrativa y no pude dejar de leerla hasta el final,quedé atrapada en su historia.Gran escritor,Nicolás Moreno Alva.
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