Evento de reencuentro
Pienso
en Diana varias veces al año, pero no había escuchado de ella hacía casi dos décadas, hasta que la mencionaron en un evento de reencuentro en la universidad.
Nadie la había vuelto a ver, tan solo alguien recordó lo que ella dijo alguna vez, que moriría de una sobredosis de heroína en un pueblito de
Estados Unidos, igual que los poetas beat que tanto admiraba.
Por las experiencias que ella misma nos contaba en los años universitarios, pudimos saber que experimentó el comportamiento humano de una forma mucho más intensa que el común de las personas. Esas historias, tan cargadas de matices, la convirtieron en parte de la mitología universitaria. Se conversaba al respecto cuando ella no estaba presente, incluso años después de que dejara de asistir a clases. Las generaciones posteriores habían escuchado de aquella estudiante de Filosofía que se había salvado de varios accidentes: por ejemplo, se comentaba aquella vez que cayó de desde un cuarto piso mientras desafiaba a la altura, resultando nada más que en la ruptura de una pierna y un hombro dislocado; también se hablaba de aquella vez en que le reventó la nariz a un tipo que le silbó al pasar, hecho que un conocido mío presenció. Se podría decir que había tenido desde el dolor más intenso hasta los momentos de alegría más reconfortantes, desde la tristeza más amarga hasta el máximo placer.
Finalmente -lo supe dos años después del evento de reencuentro- Diana sobrevivió a esa vida experimental, convulsionada por estímulos y llena de acción. Salió físicamente ilesa de ese estilo de vida guiado por la suerte y la indiferencia ante el devenir. Pero su mente no corrió la misma suerte. Si uno va por la Avenida Sucre en las mañanas, a veces se la puede encontrar en las esquinas pidiendo limosna. Tiene la cara llena de maquillaje, el cabello -antes hermoso- ahora convertido en una madeja llena de grasa, los ojos desorbitados, la ropa vieja y sucia. Pasé años sin saber que la mendiga que veía por Sucre algunas mañanas se trataba de Diana, a pesar de verla a través de la ventana del micro casi a diario.
El vehículo pasaba tan rápido que no me daba tiempo para reconocer siquiera algún rasgo familiar en su cara o en su semblante, algo que gatille familiaridad en mi memoria, como nos sucede a veces con algunas personas con las que nos cruzamos, que nos dejan intentando recordar de dónde las conocemos y que no logramos ubicar bien en nuestra memoria hasta pasado buen rato. Así, durante años, su rostro empapado de maquillaje pasó desapercibido en mi largo trayecto al trabajo, oculto bajo la modorra de las primeras horas de la mañana y fragmentado por la velocidad del bus.
Un mañana, ni bien habíamos entrado a la Avenida Sucre, el motor del bus comenzó a tronar y finalmente se plantó. Todos tuvimos que bajar en el siguiente paradero y ella, por supuesto, estaba ahí. A primera vista no la reconocí, pero la conjunción de esa nariz tan bonita con esos ojos celestes, mientras se me iban acercando, ahora desfigurados, rejuvenecieron en mi memoria y dibujaron en ella el rostro lozano que Diana tenía hace casi treinta años. ¿Diana? exclamé, pero no me reconoció. Por más que le hice recordar sobre nuestros amigos en común, de aquel viaje a las ruinas de Pachacamac que hicimos en la universidad y que terminó con todos borrachos caminando por los arenales: nada. Algo le había pasado en la cabeza y era evidente que su estado mental estaba alterado, pues clamaba con las manos abiertas, balbuceando con una voz irreconocible, que le diera una moneda
Mientras sus dedos sucios y arrugados temblaban frente a mí, recordé la primera vez que la vi. Corría 1989 y ahí estaba ella, entrando al salón. Me llamó la atención su polo de la banda norteamericana de rock alternativo Pixies, su pantalón raído y sus zapatillas converse all-star de cuero. Su cercanía a la cultura norteamericana se debía a que dos tías suyas estaban casadas con gringos y vivían en Estados Unidos. Por eso siempre recibía ropa, revistas, y discos que naturalmente demoraban en llegar a las tiendas de Lima.
Tuvimos algunas clases juntos, pero hablamos muy poco. De hecho, ella no hablaba con muchas personas, se sentaba atrás y casi siempre se retiraba diez minutos antes de que la clase termine. Muchos la invitaron a salir, pero ella no estaba interesada en esas cosas. Pocas veces se la veía por los pasillos de la universidad y solo asistió unas cinco o seis veces a las reuniones que organizaban compañeros de la facultad, en dos de las cuales tuve la suerte de estar y de descubrir a muchos de mis grupos favoritos gracias a su recomendación. Esas dos veces escuchamos algunos discos de vinilo que ella llevó y que reproducimos en casa de un amigo de la facultad cuyo abuelo tenía un tornamesa. Recuerdo que nos presentó a bandas que años después la prensa denominaría como grunge.
Todavía
confundido y algo nostálgico por el recuerdo lejano, saqué veinte soles de mi billetera, se los di
y Diana se dio media vuelta sin agradecer ni mirarme. Decidí no esperar al
siguiente micro y eché a andar un par de cuadras en dirección contraria. Mientras caminaba sentí, contrariamente
a lo que esperaba, una calma que no sentía hacía mucho tiempo.
Cómo ha cambiado todo -pensé mientras subía al nuevo micro que acababa de llegar. Pensé también en que ahora la veré casi a diario, a través del vidrio, como si este fuera una barrera entre el mundo racional y el mundo de los locos. También pensé en algo que no ha cambiado, un hecho que creo haber predicho cuando vi a Diana por última vez en la universidad: que, pasados los años, ella nunca se acordaría de mí.
Comentarios
Publicar un comentario